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Laura Clavijo.- A principios de los 80, en plena Guerra Fría, la tensa relación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética amenazaba con desatar una gran guerra, protagonizada por las mayores armas desarrolladas por ambos países, las bombas nucleares. Fue entonces cuando el famoso astrofísico Carl Sagan, acompañado por un grupo de científicos, pronosticó los efectos ambientales de una guerra nuclear. Presentaron el llamado “invierno nuclear”, fenómeno climático que seguiría a la detonación de varias decenas de bombas atómicas en caso de guerra.

Las bombas nucleares provocarían tormentas de fuego que elevarían a la atmósfera humo, polvo y partículas, que acabarían en la estratosfera y se diseminarían por todo el globo. Estas partículas absorberían la luz del sol, sumiendo al planeta en la oscuridad y provocando una bajada de temperaturas -entre 10 y 50 grados-. Al no filtrarse la luz solar, las plantas morirían y toda la cadena trófica se vería afectada.

La subida de temperatura en la estratosfera destruiría una parte de la capa de ozono, provocando mayor exposición a la radiación ultravioleta, que acabaría con los pocos seres vivos y plantas que quedaran. Estas condiciones echarían a perder los cultivos, y se produciría una hambruna mundial sin precedentes. La lluvia radiactiva dejaría áreas completamente inhabitables y provocaría daños irreparables.

Nadie nunca se ha atrevido a apretar el botón nuclear, pero ahora Vladimir Putin, el presidente de Rusia, despierta con sus amenazas viejos fantasmas, alimentando de nuevo el miedo. Existen cerca de 13.000 cabezas nucleares reconocidas en el mundo. Aunque solo se utilizaran varias decenas de ellas en una guerra a pequeña escala, los cambios climáticos serían catastróficos para el bienestar de la humanidad y la salud del planeta.

Las bombas nucleares son solo una de las amenazas que se ciernen sobre el planeta. El cambio climático es otra de ellas. En los últimos informes de situación del IPCC, el panel de expertos vinculados a la ONU que lleva más de tres décadas sentando las bases sobre el cambio climático, se avisa de que ya se han causado cambios al planeta que serán irreversibles durante siglos o milenios. Los expertos aseguran que existe una relación directa entre el incremento de las temperaturas medias del planeta y la multiplicación de los extremos cálidos, las fuertes precipitaciones, las sequías, además del aumento de ciclones tropicales, disminución del hielo del Ártico y la reducción de la capa de nieve y el permafrost. En estos informes se indica claramente que el desarrollo resiliente al clima ya representa un desafío con los niveles actuales de calentamiento. Dicho desarrollo será más limitado si el calentamiento supera los 1,5 grados. En algunas regiones, este desarrollo será imposible si el calentamiento global aumenta más de dos grados.

Ante este panorama, la OMS pone al planeta en el centro del Día Mundial de la Salud de 2022. Bajo el lema “Nuestro planeta, nuestra salud”, insta a valorar y proteger el mundo natural como fuente de salud humana, recordando que las decisiones, ya sean de carácter político, social o comercial, son las que están impulsando la crisis climática, que es también una crisis sanitaria. La OMS estima que más de 13 millones de muertes en el mundo cada año se deben a causas ambientales derivadas del cambio climático.

Hoy somos más de 7.753 millones de personas en el planeta y continuaremos creciendo hasta 2050, al menos, 2.000 millones más. Una población en aumento necesita cada vez más recursos, lo que acelera la emisión de gases de efecto invernadero. Además, estamos destruyendo los ecosistemas terrestres y marinos. En los últimos 10 años se han destruido 13 millones de hectáreas de bosque, sumideros naturales de carbono. Los océanos también son sumideros naturales –absorben hasta el 50 por ciento del dióxido de carbono-. El aumento de las emisiones acidifica los océanos, y la flora y la fauna marina mueren.

Contaminación del aire

La mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero son causadas por las personas, tanto en zonas urbanas como en zonas rurales, y tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo. La contaminación atmosférica urbana es la que padecen principalmente los habitantes de las ciudades. Se produce por la combustión ineficiente de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural) para la generación de electricidad, transporte, calefacción, industria y edificación.

En España, contaminan en la misma proporción los gases emitidos por los tubos de escape del tráfico rodado (32,5 por ciento) que las plantas industriales o productoras de energía (32 por ciento). Se estima que  el 35 por ciento de la gente respira aire contaminado, según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica.

En los países en desarrollo, se habla de contaminación de aire doméstico, cuya causa principal es la combustión provocada por el empleo de queroseno y combustibles sólidos como madera para la cocción de alimentos, la calefacción mediante estufas y el alumbrado mediante lámparas. De los 7 millones de muertes prematuras que se producen cada año relacionadas con la contaminación del aire, 3,8 millones son por aire doméstico, según la OMS. De ellas: el 21 por ciento por neumonía, el 20 por ciento por accidentes cerebrovasculares, el 34 por ciento por cardiopatía isquémica, el 19 por ciento por enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el 7 por ciento por cáncer de pulmón.

El mar de plástico

Los océanos y mares, tan importantes para el mantenimiento de los ecosistemas, para la dieta humana y para la vida, son grandes contenedores de basura. En el mar, la contaminación por plásticos pasó de dos millones de toneladas en 1950 a 348 millones en 2017. Y se espera que se duplique su cantidad de aquí a 2040. Más de 800 especies marinas se ven afectadas por esta contaminación de plásticos, ya sea por ingestión, enredo y otros peligros. Ello tendrá consecuencias fatales: se destruirán los arrecifes de coral y para el año 2050 habrá más plásticos que peces en el mar, según estimaciones realizadas por Naciones Unidas.

La exposición a plásticos perjudica gravemente la salud humana y puede afectar a la fertilidad, la actividad hormonal, metabólica y neurológica. El famoso estudio “Naturaleza sin plástico: evaluación de la ingestión humana de plásticos presentes en la naturaleza”, solicitado por WWF y realizado por la Universidad de Newcastle, Australia, sugiere que las personas ingerimos cinco gramos de plástico por semana, el equivalente a una tarjeta de crédito. La mayor fuente de la ingesta de microplásticos proviene del agua, tanto embotellada como del grifo, aunque los microplásticos también se encuentran en el aire, en los animales, en las frutas y las verduras que consumimos.

Fenómenos meteorológicos extremos

El cambio climático es, según la OMS, la mayor amenaza para la salud a la que se enfrenta la humanidad. Los impactos ya se están dando a través de la contaminación del aire. También a través de fenómenos meteorológicos extremos, que provocan la degradación de la tierra y la escasez de agua, que están desplazando a personas y afectando a su salud. Entre el 80 y el 90 por ciento de todos los desastres naturales documentados por amenazas naturales durante los últimos 10 años han resultado de inundaciones, sequías, ciclones tropicales, tormentas severas y olas de calor, según la OMS.

Las inundaciones son el tipo de desastre natural más frecuente. En los últimos años, están aumentando su frecuencia e intensidad debido al cambio climático. Las inundaciones son causadas a menudo por fuertes lluvias, deshielo rápido o marejadas ciclónicas de un ciclón tropical o tsunami en las áreas costeras. Entre 1998 y 2017, afectaron a más de 2.000 millones de personas en todo el mundo. Son causa de devastación general, causan pérdida de vidas, daños y lesiones físicas, ataques cardíacos y enfermedades infecciosas. En lo material, provocan daños a la propiedad personal y a las infraestructuras públicas, causando interrupciones de los servicios de salud, escasez de agua potable y obligando a las personas a desplazarse a otros territorios.

Por lo que respecta a las sequías, el aumento de las temperaturas causado por el cambio climático está haciendo que las regiones ya secas se vuelvan más secas y las regiones húmedas más húmedas. En las regiones secas, esto significa que cuando aumentan las temperaturas el agua se evapora más rápidamente y aumenta el riesgo de sequía o prolonga los periodos de sequía. Se estima que 55 millones de personas en todo el mundo se ven afectadas por las sequías cada año, y son el peligro más grave para el ganado y los cultivos en casi todas las partes del mundo.

La sequía amenaza los medios de subsistencia de las personas, aumenta el riesgo de enfermedad y muerte y fomenta la migración masiva. La escasez de agua afecta al 40 por ciento de la población mundial y hasta 700 millones de personas corren riesgo de ser desplazadas como resultado de la sequía para 2030.

Los ciclones tropicales, también conocidos como tifones o huracanes, son los fenómenos meteorológicos más destructivos. Son intensas tormentas circulares que se originan sobre cálidos océanos tropicales, y tienen vientos máximos sostenidos que superan los 119 kilómetros por hora y fuertes lluvias. Los ciclones tropicales reciben diferentes nombres según el lugar del mundo en el que se originan. Los tifones ocurren en el Océano Pacífico occidental. Los huracanes ocurren en el Océano Atlántico y el Océano Pacífico norte oriental. Los ciclones tropicales ocurren en el Océano Pacífico Sur y el Océano Índico.

Entre 1998 y 2017, las tormentas, incluidos los ciclones tropicales y los huracanes, ocuparon el segundo lugar después de los terremotos en términos de muertes, matando a 233.000 personas. Durante este tiempo, las tormentas también afectaron a unas 726 personas en todo el mundo, lo que significa que millones de ellas resultaron heridas, quedaron sin hogar, desplazadas o evacuadas durante la fase de emergencia del desastre. En los últimos 30 años, la población que vive en costas expuestas a ciclones ha aumentado un 192 por ciento, lo que aumenta el riesgo de mortalidad y morbilidad en caso de ciclón tropical.

Las olas de calor, o el calor y el clima cálido que pueden durar varios días, pueden tener un impacto significativo en la sociedad, incluido un aumento de las muertes relacionadas con el calor. Las olas de calor se encuentran entre los peligros naturales más dañinos, pero rara vez reciben la atención adecuada, porque el número de defunciones y su destrucción no siempre son evidentes de inmediato.

Entre 1998 y 2017, más de 166.000 personas murieron a causa de las olas de calor, incluidas más de 70.000 que fallecieron durante la ola de calor de 2003 en Europa. Si bien sus efectos pueden exacerbarse en las ciudades, los medios de subsistencia y el bienestar de las comunidades no urbanas también pueden verse gravemente afectados durante y después de períodos de clima inusualmente cálido. Las olas de calor pueden sobrecargar los servicios de salud y de emergencia y aumentar la presión sobre el agua, la energía y el transporte, lo que puede provocar cortes de energía o apagones.

La seguridad alimentaria y de los medios de subsistencia pueden verse afectados si las personas pierden sus cultivos o su ganado.

Las condiciones climáticas, además, tienen gran influencia en las enfermedades transmitidas por el agua o por los insectos y otros animales. Es probable que los cambios del clima prolonguen las estaciones de transmisión de importantes enfermedades transmitidas por vectores y alteren su distribución geográfica. Por ejemplo, se prevé una ampliación considerable de las zonas de China afectadas por la esquistosomiasis, enfermedad difundida por caracoles.

El paludismo, transmitido por mosquitos del género Anopheles, mata casi 600.000 personas cada año, sobre todo niños africanos menores de cinco años. Los mosquitos del género Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles a las condiciones climáticas. Los estudios llevan a pensar que es probable que el cambio climático aumente el riesgo de transmisión del dengue.

La era de las pandemias

Las mismas actividades humanas que impulsan el cambio climático generan riesgo de pandemias. Hablamos de los cambios de uso del suelo, la expansión e intensificación de la agricultura y el comercio, la producción y el consumo insostenible aumentan el contacto entre vida silvestre, ganado, patógenos y personas. Así lo explican 22 expertos de todo el mundo convocados por la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) en un informe.

Los expertos aseguran que nuevas pandemias surgirán en el futuro con más frecuencia. Además, se propagarán más rápidamente, tendrán un mayor impacto en la economía y matarán a más personas que la Covid-19. Actualmente, se estima que existen 1,7 millones de virus no descubiertos en mamíferos y aves, de los cuales hasta 850.000 podrían tener capacidad de infectar a las personas. A pesar de este escenario, los expertos son optimistas, y coinciden en que escapar de las pandemias es posible, siempre que se produzca un cambio radical de enfoque.

El riesgo de pandemias puede disminuir si se reducen las actividades humanas que impulsan la pérdida de biodiversidad, mediante una mayor conservación de las áreas protegidas y medidas que reduzcan la explotación insostenible de las regiones de alta biodiversidad. Esto reducirá el contacto entre la vida silvestre, el ganado y los humanos, y ayudará a prevenir la propagación de enfermedades, según los expertos.

Hacia sociedades del bienestar sostenibles

La pandemia de Covid-19 nos ha mostrado el poder de la ciencia, pero también las desigualdades en nuestro mundo. Ha puesto de manifiesto las debilidades en todos los ámbitos de la sociedad y ha subrayado la urgencia de crear “sociedades del bienestar” sostenibles, comprometidas con lograr una salud equitativa ahora y para las generaciones futuras sin traspasar los límites ecológicos. El diseño actual de la economía conduce a una distribución desigual de los ingresos, la riqueza y el poder, con demasiadas personas que todavía viven en la pobreza y la inestabilidad. Una economía del bienestar tiene como objetivos el bienestar humano, la equidad y la sostenibilidad ecológica. Estos objetivos se traducen en inversiones a largo plazo, presupuestos de bienestar, protección social y estrategias legales y fiscales. Romper estos ciclos de destrucción para el planeta y la salud humana requiere acción legislativa, reformas corporativas y apoyo e incentivos para que las personas tomen decisiones saludables, recuerda la OMS en el Día Mundial de la Salud.

Las sociedades del bienestar son sociedades saludables. Los países deberían medir su éxito por el bienestar de su gente y el medio ambiente en el que viven, no solo por acuerdos, comercio o ganancias obtenidas de productos que amenazan nuestro mundo y nuestra supervivencia. La salud debe tenerse en cuenta en todo, tanto a nivel local como mundial, porque todos necesitamos entornos saludables donde vivir, trabajar y jugar


 

¿Hay soluciones para el cambio climático?

Los científicos coinciden en que es necesario limitar la temperatura del planeta para evitar un cambio climático mayor. El objetivo es no calentar la tierra más de 1,5 grados, aunque por el momento el termómetro ya ha subido 1,2 grados a nivel mundial. A continuación, se resumen algunas soluciones que propone la Comisión Europea.

  • Para la naturaleza, protección de la biodiversidad, aumentando las zonas protegidas en todos los rincones del planeta para preservar los ecosistemas. Las buenas prácticas forestales y una adecuada gestión de la tierra pueden ayudar a mantener o incluso a aumentar la cantidad de carbono bajo tierra. La tierra almacena carbono, principalmente en forma de materia orgánica, y es el segundo mayor depósito de carbono del planeta después de los océanos.
  • Para la energía y la industria, el principal camino es el abandono de los combustibles fósiles. Para ello, se requieren transformaciones completas y urgentes de los sistemas de producción y consumo, potenciando el desarrollo de energías limpias, como la solar o la eólica. Obtener más energía de fuentes renovables también significa gastar menos en importaciones de carbón, petróleo y gas de fuera de la Unión Europea. En 2018, casi el 19 por ciento de la energía de la UE se obtuvo de energías renovables. El objetivo es elevarlo al 32 por ciento en 2030. En el camino hacia la reducción de los combustibles fósiles es necesario actuar en los marcos político, económico y empresarial para generar una economía climática. Es considerable la ayuda financiera pública a la producción y uso de combustibles fósiles, que reciben casi el doble de subsidios que las energías renovables. La energía renovable ganaría en competitividad si los combustibles fósiles recibieran menos financiación.
  • Para el transporte, soluciones más limpias, como la conducción eléctrica y alternativas a la aviación, una de las fuentes de emisión de gases de efecto invernadero que más aumenta. También para la industria naviera, controlando las emisiones de grandes barcos. Las emisiones de la industria naviera ascienden a cerca de mil millones de toneladas de dióxido de carbono al año, lo que representa cerca del 3 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
  • Para las ciudades, los edificios y los electrodomésticos más eficientes ahorran grandes cantidades de energía, emisiones y dinero. Una gran parte de la energía utilizada en los hogares en la UE se destina a calefacción en las viviendas. Las ventanas de tripe acristalamiento y los tejados cubiertos con plantas para mantener edificios frescos son solo algunas de las formas de reducir la huella de carbono de nuestros hogares, escuelas y oficinas.
  • Para los residuos, actuar con inteligencia. Como promedio, cada una de los 500 millones de personas que viven en la UE tira cerca de media tonelada de basura por año. Evitar los residuos es cada vez más importante, porque la población aumenta y estamos consumiendo el suministro finito de los recursos naturales.

 


 

Reconectar con la Naturaleza 

En algún momento, la humanidad perdió el vínculo invisible pero real que nos une con la naturaleza, la madre tierra. Sin embargo, la pandemia nos ha dejado patente que no es posible separar nuestras vidas de lo medioambiental. El escritor, periodista y divulgador estadounidense Richard Louv es una de las personas que alzan la voz para alertar del deterioro de nuestras relaciones con la tierra. Louv es autor de nueve libros, entre ellos el recién traducido al castellano “Los últimos niños del bosque”, en el que investiga la relación de los niños y la naturaleza a lo largo de la historia y en el momento actual. Según Louv, nuestra sociedad padece el síndrome de Déficit de Naturaleza, cuyos síntomas son estrés, ansiedad, falta de relaciones significativas con los demás y con el mundo, y numerosos desequilibrios psicofísicos como las adicciones o la llamada hiperactividad infantil. El alejamiento de la naturaleza nos enferma, y solo retomar el contacto con el medio natural puede devolvernos la salud y el goce de sentirnos plenamente humanos. Todos podemos recibir extraordinarios beneficios al conectarnos –o reconectarnos- con la naturaleza. Esta favorece la buena salud, nuevas oportunidades profesionales y de negocio y actúa como un fuerte lazo de unión para las familias y las comunidades: nos ayuda a sentirnos completamente vivos.